Alberto Bonadona. TIERRA, una fundación dedicada a estudiar los problemas de la vida del campo, de las condiciones de los habitantes rurales, de su relación con la producción y la propiedad agropecuarias, ha publicado un libro que desde su título desafía: Segunda Reforma Agraria, una historia que incomoda. Conmemorando los 25 años de su fundación, Gonzalo Colque, Efraín Tinta y Esteba Sanjinés presentan una obra digna de leerse para conocer y reflexionar el problema agrario de Bolivia desde una perspectiva de profundidad social y alejada de los lugares comunes que impregnan el tratamiento de este tema.
La Reforma Agraria empobreció a muchos de los exhacendados, sin embargo, no enriqueció a los nuevos propietarios de la tierra. Los autores del libro afirman que el resultado de la primera Reforma Agraria, que fue enarbolada como un proceso de liberación del indio, consolida la esmirriada existencia de las masas campesinas de occidente y la perpetuación de su pobreza.
Asimismo, insiste en un aspecto central en los análisis de la Fundación Tierra: la fragmentación en pequeñas parcelas en el occidente del país y las pequeñas unidades productivas que prevalecen en el oriente del país, es tan sólo uno más de los factores que explican "la realidad del agro boliviano”. Afirmación que evidencia el carácter más amplio del estudio, porque no sólo ve a los campesinos como productores, sino también como seres políticos y sociales.
El título del libro habla de dos reformas agrarias. La primera, resultado de un proceso de toma de tierras e ”históricas luchas campesinas para la abolición de haciendas y restitución de las tierras usurpadas”, se inició antes de 1952 y desencadenó en una de las leyes más radicales del denominado proceso de la Revolución Nacional en 1953. La Reforma Agraria se dirigió en Bolivia más que en otros países de América Latina a la redistribución de tierras y, en los hechos, tuvo un impacto minúsculo en el desarrollo económico del país.
La segunda Reforma Agraria se dio en Bolivia -de acuerdo a Colque, Tinta y Sanjinés- desde 1996 en un "contexto social, económico y político” que desemboca en la promulgación de la ley INRA. A partir de ese año distingue tres períodos (1996-2006, 2007-2009 y 2010-2014), en los cuales se aplican con diferente intensidad y eficacia diversas formas de interpretación de los mecanismos de saneamiento y titulación de la propiedad agraria.
Si bien existió redistribución de tierras en este segundo proceso reformista, las tres etapas del mismo no concluyeron favoreciendo a los pequeños productores como para encausarlos en un proyecto de desarrollo productivo. A la vez se destaca, más bien, la formación de una nueva clase empresarial y de un retroceso del Estado en la protección, y restitución de tierras fiscales.
¿Cómo puede generar incomodidad, desagrado o malestar una reforma agraria en un proceso de cambio? Existe más de una forma en la que el planteamiento de los autores puede incomodar a diferentes grupos. En primera instancia, a los nuevos latifundistas vinculados a intereses transnacionales. Luego, a los actuales gobernantes, porque en el tercer período se dedicaron a cooptar a dirigentes y comunarios colocándolos en funciones estatales. Por supuesto, estos exdirigentes también (espero) se sientan incómodos con lo que el libro apunta.
El libro comentado da para muchos comentarios y análisis más profundos. Lo cierto es que más que incomodar debería conducir a debates sobre su contenido para enriquecer un mejor acercamiento al problema agrario del país. Rico en interpretaciones bien fundamentadas, en el último libro de la Fundación Tierra se demuestra que en su interior hay profesionales que conocen los detalles y sutilezas de un problema que exige respuestas para lograr un efectivo e integral desarrollo de la sociedad boliviana.